Buenas!! He cambiado el diseño del blog. Si alguién leyó mi otro fic de Judd, The appearances deceive se habrá dado cuenta de que es muy semejante, pero por ahora, es solo provisional hasta que sepa como tenerlo. No voy a andarme con muchos rodeos, sé, como lectora también, que muchas esperáis la aparición de algún McGuy lo antes posible, y como se que no todas disfrutarán tanto como otras leyendo momentos con Logan, os aviso de que ya al próxima capítulo, un McGuy aparece :)
Muchas gracias a las que leyeron el prólogo, sobretodo a Dapphy:) besos!
Subí los últimos escalones del
rascacielos, y sofocando un suspiro agotador, terminé de subir al octavo piso.
La editorial que me estaba evaluando rozaba casi las nubes, y las ventanas
siempre estaban cubiertas del vaho y un frío anormal. Caminé con las piernas
temblando a cada paso, y podía notar como el más mínimo ruido intentaba hacerme
perder las casillas.
El
mostrador se extendía, con la recepcionista Claire sobre él. Cuando me acerqué,
sus ojos me captaron y su cabeza apartó la mirada de una revista de moda para
recibirme. Una sonrisa ya forzada y común me saludó.
-Buenas
tardes, Anne. ¿Lo de siempre?
-No
concretamente. Venía a preguntar si podían darme un par de día para terminar la
copia.
Un
suspiro cansado y pesado se escapó de Claire. Era una mujer rolliza, de color y
rondaría los cuarenta y poco años. Era generosa y afable, pero aún así, poseía
un carácter fuerte.
-El
plazo se acaba en menos de una semana, y ya lo he retrasado bastante, querida.
-Lo
sé, pero he tenido algunas dificultades –Oprimí una mueca de incomodidad -. Aunque
solo fuese un día.
-Cariño,
hay muchas más personas que presentan lo suyo. Tal vez deberías probar en otra
editorial; aquí en Londres te pueden surgir muchas oportunidades.
Suspiré,
con el corazón comenzando a subirme por la garganta. Odiaba aquel tipo de
palabras.
-Está
bien, no pasa nada. Veré si puedo hacer algo.
Claire
rodó los ojos. Volvió a suspirar, y cerró su revista de moda para observarme
con criterio.
-Dos
días, ni una hora más –Sonreí todo cuanto pude -. ¡Y no me vengas con esa cara!
No sé ni cómo me las ingeniaré para conseguirlo. ¡Pero quiero un buen trabajo,
Anne!
-Descuida
–Dije aferrando mi bolso con firmeza -. ¡No desperdiciaré la oportunidad!
Di
media vuelta y volví a caminar hasta las escaleras. Podía notar como todo el
peso acumulado en el pecho caía a mis pies, y la ligereza de mi cuerpo volvía a
dejarme caminar con ligereza. Tenía que ponerme a escribir cuanto antes si no
quería quedarme sin obra.
…
Me
obligaba a quedarme en casa dedicando todo mi tiempo para escribir. Parecía que
las palabras no quisiera fluir, pero tenía que sacarlas a la fuerza si no
quería fracasar en aquello también.
Los
días habían pasado volando, y apenas me quedaban tres días para terminar la
obra. Era consciente que las posibilidades de que aquella novela pobre se
publicase eran casi nulas, pero no tenía ni el suficiente tiempo ni inspiración
para mejorarla. Las palabras eran forzadas y la trama simple, pero lo único con
lo que contaba era en una descripción y progreso suave y fácil.
Un
par de golpes detuvieron a mis dedos, desquiciados de tanto escribir. Miré
fijamente a la puerta, mientras la poca luz del salón no delataba mi presencia.
Me callé y me quedé quieta; no quería visitas de nadie, o solo haría que
retardarme.
Pero
los golpes no tardaron en volver a aparecer. Una pulsación animada comenzó a
marcarse en la madera de la puerta, esperando que abriera, y lo único que pude
hacer fue soltar un quejido en voz alta. No podía disimular que no estaba en
casa ante aquella visita.
Abrí
la puerta de golpe para encontrarme unos ojos celestes y una media sonrisa
apoyada sobre el marco de la puerta. A su espalda, la cabellera rubia que ya
conocía desde hacía unos meses me saludó con refrescos en las manos.
-¿Qué
hacéis aquí? –Dije indignada.
-Yo
también me alegro de verte, Ann –Me saludó Paula. Me abrazó rápidamente
mientras me depositaba un beso en la mejilla -. ¿Qué tal la novela? ¿Fluye?
-No,
no lo hace, y tengo un reloj que corre en mi contra –Sentencié sin cerrar la
puerta, esperando que diesen media vuelta -. ¿Qué habéis traído?
-Tú
subsistir –Rió Logan dejando caer los dos cartones de pizza en la mesa -.
Supongo que nos puedes dedicar una hora, para desconectar, ¿no?
-No
–Dije con una sonrisa mientras cerraba la puerta -. ¿Sabes la cantidad de
calorías y grasas que traen las pizzas?
-Lo
quemas todo con los dedos de tanto escribir, no te preocupes.
Carcajeé
mientras encendía las demás luces para dar vida a mi casa. Paula no tardó en
seguirme hasta la cocina en busca de vasos, y allí no tardó en acorralarme con
sus nuevas noticias.
-Tía,
te juro que cada vez soporto menos este trabajo –Corroboró sin mirarme -.
Siempre los mismos clientes, siempre la misma rutina. ¡Yo necesito algo nuevo!
Paula
era maquilladora, y en su tiempo libre, niñera. Tenía un año más que Logan y
yo, los veinte, y dedicaba su mayor parte del tiempo a hablar. Tenía sus
extrañas aficiones, sus comentarios incoherentes que lograban diferenciarla de
los demás. Era una de las personas más bastas que conocía, pero aun así,
cuidaba su aspecto ante todo, tan repelente como siempre.
-¿Y
por qué no le pides a Logan que te consiga algún trabajo más dentro del mundo
del espectáculo? –Le animé. Sabía que ella aspiraba a aquello, pero nunca hacía
nada para conseguirlo -. A él no le costaría ponerte dentro.
-Porque
no, tía. ¿Y si lo hago mal? Ahí no puedo cometer errores, y es demasiado
–Comenzó a negar suavemente con la cabeza, rechazando siguiera la imagen -. No
y no. Sería mi fracaso laboral para toda la vida.
Carcajeé.
Era la persona más obstinada que conocía y de poco servía insistirle. Cogimos
lo que nos hizo falta, y no tardamos en reunirnos los tres en mi salón. Aquel
martes, el frío parecía azotar más nuestras frágiles pieles.
-Y bueno,
¿esta novela me dejarás leerla esta vez? –Me preguntó Logan intentando hacerse
con el portátil. Le tiré el pan de la pizza a la cabeza, que rebotó sobre ella
y terminó en su regazo.
-Solo
si se publica.
-Venga
ya, nunca me has dejado leer nada tuyo, Lise.
-A
ti ni a nadie –Me encogí de hombros -. Ya sabes que no me gusta que lean las
cosas que escribo.
-¿Por
qué?
Sonreí
irónica ante aquella pregunta.
-Porque
no me considero lo bastante buena como para ser leída.
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