martes, 13 de agosto de 2013

Capítulo 3 - Callejones lejano de viento


-No me ayudaría mucho a liar bien –Su mano se abrió, desnuda del guante, para dejarme ver un cogollo de marihuana -. Pero si quieres te lo devuelvo. Sé que te pasas por aquí de vez en cuando, me he fijado –Me sonrió una vez más cuando captó mi mirada de nuevo hacía él, y una sonrisa de lado se presentó con cordialidad, pero la misma frivolidad -. Soy Dougie.
                Miré con repugnancia aquello de sus manos y levanté mi mirada, frunciendo el ceño de nuevo a sus ojos. Entendía el por qué no iba a liar bien. Su nombre me sonó repugnante, volviendo a traer cierta repugnancia del pasado y aparté la cara de aquel cogollo. Su olor comenzaba a embriagar.
                -Quita eso de ahí –Su mano se apartó rápidamente, y su cara adoptó una mueca de confusión -. Olvídate. No voy a darte mi último cigarro para que te drogues.
                -¿Qué más da? No tienes por qué preocuparte. No me conoces, ni yo a ti.
                -¿Y qué? –Dije con descaro.
                -¿Me lo vas a dar o no?
                -No.
                Una sonrisa se embozó en sus labios y levantó la mirada al tráfico. Asintió lentamente y tras unos segundos, dio media vuelta con tranquilidad. Volví a ignorarle, y posé de nuevo el cigarro en mis labios, cuando caí en la cuenta de un pequeño detalle.
                -Eh, tú –Le llamé. Se detuvo y me miró con el ceño fruncido, sereno -, Dougie, ¿no? –Él asintió -. ¿Tienes mechero?
                Carcajeó al aire mientras el humo del frío nubló su rostro. Una sonrisa triunfante me sonrió con malicia, y me guiñó un ojo.
                -No voy a darte mechero para que te drogues con tabaco.
                Me dio la espalda, y caminó hasta la valla de nuevo. Cogí con fuerza pero cuidado el cigarro de mi boca y me mordí el labio, enfadada. Maldito hijo de puta, pensé. Volteé mi cabeza para mirarle. Había vuelto a taparse la cara y en aquel momento sacaba una pequeña bolsita oscura que debía de ser el chivato. “Fumata de mierda” pensé, y me levanté enrabiada del sitio.
                Caminé de pronto dirección hacía él. Estaba enfadada con aquel tipo, en dos minutos de relación había llegado a odiarle, y no reaccioné con la cabeza. Su mirada volvió a levantarse, sorprendido al verme acercarme a tanta velocidad, y sus manos se detuvieron. Su cabeza se levantó de nuevo, volviendo a apartarse un poco la bufanda y me miró callado cuando me paré enfrente de él, esperando una respuesta.
                -Ten tu maldito cigarro. Espero que disfrutes de ese quitaneuronas –Y le lancé el cigarro a los brazos.
                Una carcajada simpática se rió de aquello, pero di media vuelta y me alejé. Imbécil, me repetí, y notaba mi cuerpo arder de rabia. Me alejé un par de bancos más lejos, y a la suficiente distancia como para no poder notar su presencia, me dejé caer de nuevo en el banco.
                En aquel momento, sentí la necesidad de llamar a Logan. Estaba mucho más furiosa, pero podía notar como el tema mi derrota en la editorial estaba un poco más apartado de mi cabeza en aquel momento. Suspiré, cansada de todo en general, y saqué el tabaco de liar del bolsillo.
                Miré enfurecida al maldito paquete. Aquella noche, el aire soplaba con fuerza. Abrí el paquete, y con cuidado por culpa de las ráfagas de aire, dejé caer un poco de tabaco en mi mano. Cerré el puño nada más vi como con facilidad volaba ya, y la impotencia me consumió aún más. Sentí la necesidad de gritar y tirar todo aquello al agua, mientras mi pecho me ardía. Aquella mala suerte no debía de ser normal.
                -¿Es la primera vez que lías? –Oí la voz del desconocido delante de mí de nuevo.
                Levanté la mirada, azorada al notar su presencia. Se había acercado todo lo que me había alejado, pero su bufanda seguía tapando su rostro.
                -¿Y por qué tiene que ser la primera vez que lie, eh? –Pregunté a la defensiva, levantándome del sitio, furiosa.               
                -Porque si supieras, sabrías que te va a resultar imposible liarte aquí ese cigarro.
                -Bueno, tú también te ibas a liar el porro.
                -Esta noche está difícil con este aire.
                -Pues ya está. Encárgate tú de lo tuyo, y yo de lo mío –Dije, y me apoyé de espaldas al aire en la valla.
                Esperé a que se fuera, pero no se volvió. Levanté rápidamente los ojos, para encontrarle mirando mis manos. Había vuelto a sacar el papel y la boquilla, y me disponía a liar.
                Bufé nerviosa. Estaba buscándome, pero no iba a dejar que me encontrara. Si pretendía intimidarme o molestarme, no lo iba a hacer. No le iba a dar ese placer. Empecé a liar el tabaco con cierta dificultad y me di cuenta de que aquello era más difícil de lo que parecía. Era demasiado frágil.
                -Lo estás haciendo mal. Así te va a salir una patata, y más aquí.
                -Que te calles.
                -¿Quieres que te lo lie yo, y así aprendes?
                -He dicho que te calles. Déjame.
                Una carcajada se rió de mi contestación. Volví a mirarle, pero él estaba atento a mis manos. La bufanda volvía a caer por su cuello, sin ocultarle, y descubrí una sonrisa perfectamente limpia y alienada. Impropia para alguien que iba de incógnito fumando marihuana.
                Mientras tanto, notaba perder las casillas en aquella chapuza que intentaba liar. La mitad se me caía, y la otra se me iba volando en ráfagas de viento. Sabía que estaba despertando lo peor de mí, y odie la sensación de perder la calma delante de aquel paleto. Pero aquello era complicado, realmente complicado.
                -Anda, trae, te lo lío yo.
                -Que me lo quiero liar yo.
                Negó con la cabeza y se acercó a mí. Un perfume me embriago nada más se acercó a mí, a bastante distancia y acercaba sus manos, en aquel momento desnudas, a las mías para que no se volase el tabaco al pasarlo. Miré rápidamente su rostro, cabizbajo y concentrado en mis manos y me sorprendí al verle tan cerca. No olía a marihuana, y su ropa parecía recién sacada de la lavadora por el aroma.
                Inconscientemente, accedí a darle mi tabaco. No tardó en separarse de mí, permaneciendo concentrado en que nada se perdiera, y cuando creó dos pasos de distancia, levantó la mirada hacía mí. En aquel momento, yo seguía observándole.
                -Que raro que no tengas los dientes amarillos y cucados, ni huelas ya de por sí a marihuana.
                Una sonrisa aún más amplia sonrió ante aquel comentario.
                -¿Eso es algo bueno, no?
                Fruncí el ceño.
                -Sigues siendo un gilipollas.
                -Pero no tengo apariencia de yonki según tú. Gracias –Sonrió pícaramente, y se dio la vuelta en dirección a las callejones más alumbrados -. Venga va, no te quedes atrás desconocida.

                Y sin rechistar, me mordí la lengua y eché a andar siguiendo sus pasos.

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