domingo, 4 de agosto de 2013

Prólogo:

Bueeeeeeeenas! espero que este fic tenga más salida que el otro, y sobre todo se lo dedico a Dapphy :) En fin, intentaré subir con regularidad a pesar de mi poco tiempo para centrarme aquí, pero en menos de 5 días tendréis el capítulo 1 :)
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                Resoplé expulsando toda la frustración que tenía en el cuerpo. Me recosté sobre la silla, con la única luz de la pantalla del ordenador cegándome y leí las últimas líneas. Y de nuevo, bloqueada.
                Inspeccioné las sombras de oscuridad del solitario piso. Todo parecía muy tranquilo y relajado; apenas el tráfico de Londres se oía en el exterior, y una suave brisa helada y húmeda parecía entrar traviesa por mi ventana. La noche se extendía más allá, una noche solitaria de miércoles, y todo parecía estar en mi cuenta para escribir.
                Pero me había vuelto a bloquear. Aquella era la tercera novela que comenzaba, y no llevaba ni cincuenta páginas y las palabras se oxidaban. “Maldita inspiración, corres en mi contra” susurré a mi cabeza mordiéndome los labios. No eran ni las doce de la noche, y no había aguantado ni dos páginas escritas.
                Septiembre corría por las calles de Londres con tanta rapidez y a contratiempo que asustaba. Tenía que avanzar en la novela, aún indefinida, pero nada me convencía. Los nervios comenzaban a perforarme el pecho, cada día más, mientras el tiempo se agotaba.
                “Necesito salir de aquí” Me dije desde dentro, y corrí a coger el Samsung. Solo había una persona capaz de recorrer en una noche laboral y fría Londres conmigo, y era la misma que siempre tenía un sí para las salidas.
                -Estoy bloqueada –Salude nada más se descolgó el teléfono.
                -¿Otra vez? –Un suspiró rasgó la línea -. ¿No se supone que esta era la novela definitiva?
                -Falta de inspiración –Suspiré resignada, y decidí asomarme por la ventana cubierta de vaho. Apenas gentío recorría las calles a aquellas horas -. ¿Estabas ocupado?
                -No, solo estaba viendo los monólogos pasados que he encontrado por mi cajón.
                -En Westminster en media hora, entonces.
                -No, Lise, ahora no –Se quejó. Él y sus contraposiciones -. Tengo que vestirme y todo.
                -En media hora –Repetí, y tras una risita, colgué.
                Me dejé caer en la butaca, mientras el silencio volvía a perforarme la cabeza. Era demasiada tranquilidad para tantos pensamientos en la cabeza. Suspiré, cansada, y por inercia recogí el bolso del sofá. Agarré las llaves, y con las piernas avanzando para salir de aquel piso, salí hacía la fría noche.


Westminster era nuestro lugar de reencuentro. Había cogido la más liviana bufanda de tela, y sufría de ráfagas heladas de viento a cada paso por mi cuello. El reloj del Big Ben descansaba arriba, rozando las doce de medianoche.
Podría decir que era mi lugar favorito de Londres. Era mi guarida para despejarme, un sitio hermético de preocupaciones. Siempre la misma luminosidad y brillo, siempre gentío y siempre vida. Allí era donde escapaba junto a uno de mis mejores amigos a desconectar; era nuestro lugar para limpiar y descansar nuestras mentes.
Me recosté sobre uno de los bancos cerca del río Támesis. El ruido del agua conseguía erizarme el vello, y dejé caer mis párpados en la demora. Aquel era otro lugar, un sitio tranquilo y lejos de los problemas.
El ruido del papel me avispó lo suficiente para entre-abrir los ojos, fuera del frío. Observé la figura del hombre que se había sentado sobre la valla que separa tierra de agua. Estaba boca abajo, y oculto tras mucho ropaje que tapaban su rostro. Lo había visto en ocasiones, y siempre hacía lo mismo. No tardaba en liarse algo, fumárselo tranquilamente, y volvía a desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.
Me volví a percatar en él como punto de atención. Siempre actuaba igual; se concentraba en su consumición, sin centrarse en nadie más. Siempre los mismos gestos, siempre las mismas miradas nerviosas a la multitud. Pero él seguía acudiendo allí, con la misma inseguridad, algunas noches. Era una de aquellas personas que te fijas sin importancia, y que siempre encuentras por casualidad en los mismos lugares.
-Cuatro minutos tarde, mi nuevo record –Susurró su raspada voz a mi lado, y no tardó su sombra en captar mi atención.
-Buenas noches, señor Logan –Le saludé con una sonrisa por encima de mi bufanda.
-Buenas noches, señora Lise.
Lise era su forma cariñosa de llamarme. Mi nombre completo era Anne-Lise, cosa que pocos conocían. Anne era para mí mi nombre, Ann para amigos, pero solo Lise para Logan. Fue una mala casualidad que se enterase de mi segundo nombre, pero fue su casualidad. Nadie más me llamaba así, y a nadie más se lo permitía.
Logan era mi más fiel amigo de la ciudad. Le había conocido por accidente en una de las producciones, en busca de expandir mis escritos, y había terminado obligándole a dar una de mis historias. A pesar de que aquello no tenía que haberle importado nada a él, me dio su crítica, su más dura crítica, pero también su consejo. Me había servido de ayuda y compañía desde el año que llevaba en la fría ciudad de Reino Unido, y desde entonces, no nos habíamos separado. Él había sido quien me había presentado su público lugar de desconexión, y yo era la única con la que se permitía compartirlo.
-¿Qué tal las grabaciones? –Le pregunté a tiempo de que me sacaba un cigarro y lo encendía.
-Bien, con las pruebas. No es nada seguro que me cojan, pero tengo que esforzarme –Su rostro se contrajo, frunciendo el ceño con molestia -. Te he dicho que no fumes delante de mí, Lise.
Me arrebató mi cigarro a tiempo de que lograse encenderlo. Intenté alcanzar su mano, pero me superaba en altura varias cabezas. Una risa afloró de su garganta cuando me lancé encima de él por conseguirlo, y sus ojos azules celestes resaltaron en toda aquella luminosidad.
Siempre brillaban de forma diferente allí abajo, todas las noches. Su cabello negro contrastaba con su blanca tez, y sus ojos brillaban con cierto misterio que resultaba aliciente.
-¿Quieres darme mi cigarro? –Le exigí amenazándole con la mirada y extendiendo mi mano -. Cuesta cada vez más poder comprarse un puto cartón.
-¿Nunca dejarás de fumar, verdad?
-Cuando tenga los pocos problemas suficientes como para no tener que relajarme.
De nuevo una carcajada tranquila contestó a mi actuación. Me devolvió mi cigarro, ya consumido por el viento mientras yo dejaba escapar un resoplido.
-No deberías fumar con diez y nueve años. Te estás perjudicando la salud.
                -Tampoco debería estar a medianoche aquí contigo, helándome de frío en contra de mi salud, y aquí estoy –Le guiñé un ojo con picardía -. ¿Algo que oponer?
                -Escribe más y fuma menos, nena.
                Le sonreí con ironía. “Si las palabras fluyesen tan fácilmente como el humo en los pulmones” pensé, pero me callé. Sabía que en el fondo, la idea de que fumase no le hacía gracia a Logan, pero no quería incomodarle con aquel tema. Él sabía del poco caso que hacía, y yo era testadura con mi impasibilidad hacía los consejos de mi salud.
                -Podrías comprarte tabaco de liar. Sale más económico.
                ¿Tú? –Alcé a cabeza, sorprendida y fingiendo una exclamación -. ¿Incitándome a fumar?
                -No te estoy incitando, idiota, pero si quieres fumar, hazlo de la forma más económica –Sonrió. Aquella dulce sonrisa que creaba un pequeño hoyuelo casi irreal.
                -Pues enséñame a liar tú –Le pedí con sarcasmo -. Visto así, me salé más rentable el tabaco ya hecho. Puedo fallar mucho antes de aprender.
                Negó suavemente con la cabeza, sin borrar la sonrisa de su rostro. Sus ojos se perdían en suave brillo en el río, y su respiración comenzaba a crear humo a cada exhalación.
                -¿Te vienes mañana a las grabaciones? –Me propuso, sereno -. Son las finales, y más me vale hacerlo bien.
                -¿Y quieres que esté yo por ahí, dándote la tabarra y poniéndote nervioso? No voy a ser positiva, lo sabes. Ni a darte ánimos.
                -Sí, lo sé, pero de alguna forma me sentiría más seguro –Sus ojos me encontraron, pícaros -. Pero al menos algo de ánimos me tienes que dar.
                -Nada de palabras que luego pueden ser falsas –Corté, tajante. No me arriesgaba a que sus esperanzas pudiesen ser en vanas, de modo que nunca incitaba a crear esperanzas que podían ser en vano -. Además, no puedo. Tengo que pasarme por la editorial para recoger las fotocopias del otro día.
                Un suspiro mohíno se escapó de él, pero asintió suavemente y me posó la mano por encima del hombro.
                -Entonces te deseo suerte con la obra, quizás puedas ganar. Pero no te aseguro nada; puede que me equivoque.
                -Así me gusta –Le reí con gracia, escabulléndome de él -. Demasiado amable aún, pero ya empiezas a entender mi estilo.
                -¡Venga ya! Debes de decir algo esperanzador alguna vez. ¡La más mínima!
                Me di media vuelta con una sonrisa dibujada en el rostro. Me fijé en mi alrededor, y la gente que se había ido alejando de nuestro alrededor. Busqué la sombra en la oscuridad, y el hombre que liaba, había vuelto a desaparecer.

                -Podemos encontrar un taxi a estas horas, por ejemplo. Eso no vendría mal –Dije en un susurro, pero su carcajada volvió a oírse detrás de mí.

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